Juan Salvador Gaviola había nacido para ser asistente social. Hombre bueno por antonomasia, buscaba hacer el bien casi obsesivamente. Por ello que una noche cualquiera acercase con su auto a un mochilero a un arcaico poblado, sin que le importara en lo más mínimo apartarse de su destino varios kilómetros, no debe extrañar a nadie.
Una vez depositado el viajero frente al domicilio pedido, y notando lo extremo de la hora, decidió pernoctar en la aldea. Así, giró con su coche a la polvorosa avenida principal, hasta toparse con otra tan rústica y desprolija como la anterior. Arrimó su vehículo a una decaída palmera, y procedió a buscar alojamiento.
No le costó mucho dar con una casita bien encalada, muy pulcra cuya dueña eventualmente daba hospedaje. Dejó allí sus cosas para dar una vuelta, pues el sueño de súbito lo había abandonado.
Caminaba alumbrado apenas por la precaria luminaria pública cuando las amarillas luces de un bar llamaron su atención. Entró. No había nadie allí a excepción de un cantinero muy gordo que dormitaba en su puesto tras el mesón con la barbilla apoyada en el pecho, y un joven cetrino rodeado de cervezas quien echado sobre la mesa y con la greñuda cabeza posada en un antebrazo, parecía llorar sin consuelo.
-Muchacho, nada hay que pueda ser tan grave-le dijo bondadoso Gaviola.
El adolescente levantó apenas la cara.
-¿Y quién diablos es usted?- le espetó con firmeza.
El asistente no se amilanó:
-Depende, tal vez un amigo…-le señaló sentándosele al frente.
El chico volvió a esconder los ojos en el antebrazo y a llorar, hipando y maldiciendo por varios minutos.
-Verá-dijo después algo recuperado- mi problema es como el de Romeo y Julieta. Yo amo a Berenice, pero su padre me odia con todo su alma, impidiendo que la vea.
-Pero, ¿por qué te odia tanto?
-Porque soy pobre, ¿por qué va a ser?… Porque soy pobre.
Y de nuevo prorrumpió en un llanto aún más espasmódico y dramático que el anterior. Sólo se calmó para seguir quejándose:
-Ha intentado hasta matarme con su escopeta. “¡Delincuente!”, me grita en la calle, imagínese. Y todo porque yo amo a su hija con locura. Todos los días le escribo cartitas…
Gaviola infló los carrillos en una sonrisa llena de beatitud y ternura.
-Mira, yo podría interceder. Me quedo un día más en el pueblo y converso con el caballero, ¿te parece?
El chico levantó otra vez del antebrazo los ojos, pero estos eran distintos: llenos de luces como si fueran adornos de un árbol de pascua. Juan Sebastián sólo vio venírsele encima una maraña de pelos y babas.
-¿Y dónde vive el papá de Berenice?- preguntó luchando por desasirse.
-En una casona de la esquina que tiene todos los vidrios rotos-señaló, jadeante, el enamorado.
Entonces, entre los hirsutos cabellos del chico, Gaviola vio la mesa y, en su superficie, halló una carta atada a un enorme piedra.







