De pronto, vieron al Matías con su nariz de pimiento morrón, sus mejillas coloradotas, su pelo ensortijado y su boca trompuda con toda la cara aplastada contra el ventanal del comedor, mirando hacia dentro.
Esteban, disfrazado de Batman, chasqueó la lengua y, alzando una mano enguantada amenazadoramente hacia Matías, lo conminó a irse como si de un perro sarnoso se tratase.
El enorme niño enmascarado se instaló con los brazos cruzados contra el pecho, custodiando la inmensa puerta de roble abierta de par en par.
Al rato, tratando de escabullirse, escondido tras un voluminoso Barney, sorprendieron a Matías. Esteban lo empujó fuera.
—Entiende: no puedes entrar. Tienes que llevar disfraz—le señaló con la máscara de cuero pegada al rostro brillante por el sudor.
El chico, suspiró, metiéndose la camisa en el bluyín.
—Pero es que yo quiero entrar—apuntó con un puchero, mirando por un hueco que se formó entre la capa del gordo que tenía enfrente y el marco de la puerta, las tortas, la multitud de sándwichs desperdigados en las bandejas, los ponches colmados de bebidas y a los niños y niñas correteándose vestidos de hadas, osos y espantapájaros mientras les caían encima serpentinas y globos multicolores.
—Déjame pasar porfi—insistió con su mejor imitación de un tierno Macauly Caulkin.
Esteban con la autoridad que le conferían el traje, sus diez años que lo hacían el mayor de todos y el ser el mejor amigo del Jano, el dueño de la casa, sentenció:
—No, acá vienes con disfraz, ¿oíste?. Tienes que aprender a respetar las reglas alguna vez.
Matías, con gesto engarruñado, murmuró:
—Yo voy a entrar y voy a entrar nomás.
Después, se dio vuelta y comenzó a andar resuelto por el caminito de piedras canteadas que conducía a la calle.
Esteban, disfrazado de Batman, chasqueó la lengua y, alzando una mano enguantada amenazadoramente hacia Matías, lo conminó a irse como si de un perro sarnoso se tratase.
El enorme niño enmascarado se instaló con los brazos cruzados contra el pecho, custodiando la inmensa puerta de roble abierta de par en par.
Al rato, tratando de escabullirse, escondido tras un voluminoso Barney, sorprendieron a Matías. Esteban lo empujó fuera.
—Entiende: no puedes entrar. Tienes que llevar disfraz—le señaló con la máscara de cuero pegada al rostro brillante por el sudor.
El chico, suspiró, metiéndose la camisa en el bluyín.
—Pero es que yo quiero entrar—apuntó con un puchero, mirando por un hueco que se formó entre la capa del gordo que tenía enfrente y el marco de la puerta, las tortas, la multitud de sándwichs desperdigados en las bandejas, los ponches colmados de bebidas y a los niños y niñas correteándose vestidos de hadas, osos y espantapájaros mientras les caían encima serpentinas y globos multicolores.
—Déjame pasar porfi—insistió con su mejor imitación de un tierno Macauly Caulkin.
Esteban con la autoridad que le conferían el traje, sus diez años que lo hacían el mayor de todos y el ser el mejor amigo del Jano, el dueño de la casa, sentenció:
—No, acá vienes con disfraz, ¿oíste?. Tienes que aprender a respetar las reglas alguna vez.
Matías, con gesto engarruñado, murmuró:
—Yo voy a entrar y voy a entrar nomás.
Después, se dio vuelta y comenzó a andar resuelto por el caminito de piedras canteadas que conducía a la calle.
Esteban, enredándose en su propia risa, lo alcanzó con sus palabras burlonas:
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Ponerte a llorar como una niñita? ¿Irme a acusar a mi mamá como hiciste la ultima vez, mamón?
Luego, imbuido de su personaje, Esteban, sacó pecho, y se volvió a conversar con Pamela que mejoraba a Burbuja, una de las Chicas Superpoderosas. Comenzaba a golpearse una palma con el puño de su otra mano cuando sintió un zumbido. Al volverse, vio una maraña de rulos venírsele encima como un desmadejado torpedo. Se podría decir que sólo volteó totalmente su cuerpo para recibir de lleno en el estómago el potente cabezazo de Matías que entró hecho una exhalación.
Estaba doblado con las dos rodillas y la frente apoyada en el suelo, cuando del baño apareció el Jano, todavía secándose las manos en su chaquetita de Bob Esponja.
—Oye, el Matías está adentro y no tiene disfraz—acusó éste.
Con los ojos nublados, la respiración pedregosa, Esteban, desde el piso, torció el cuello y vio al niño de rulos subirse a una mesa con agilidad, dar patadas perfectas a dos vasos llenos de coca-cola, canapés varios y darle vuelta en plena cabeza una fuente con jugo de guayaba a la Constanza vestida como Dora la Exploradora. La niña se largó a llorar de manera estridente.
Y, claro, esto último no lo iba a permitir él. Por cierto que no. De modo que sobreponiéndose al dolor que aún le acometía el estómago, de un salto se puso de pie y se dio a caminar con los ojos agrietados por la rabia en busca del malhechor. Esteban vio en ese instante como Matías, trepado sobre la mesa, se quedaba tieso, insinuando una mueca de terror, para después, con velocidad sorprendente, agacharse, coger una torta de frutilla con lúcuma la cual restregó a consciencia en su propio rostro.
—¡Soy El Guasón! ¡El Guasón!—exclamo el badulaque, rebozando su cara en crema chantilly y las manos alzadas, cuando ya, Esteban, lo había agarrado por el cuello de la camisa.
Y fue entonces que las risas de todos le hicieron comprender a Batman que ese astuto e histriónico agente del mal lo había derrotado por primera vez.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Ponerte a llorar como una niñita? ¿Irme a acusar a mi mamá como hiciste la ultima vez, mamón?
Luego, imbuido de su personaje, Esteban, sacó pecho, y se volvió a conversar con Pamela que mejoraba a Burbuja, una de las Chicas Superpoderosas. Comenzaba a golpearse una palma con el puño de su otra mano cuando sintió un zumbido. Al volverse, vio una maraña de rulos venírsele encima como un desmadejado torpedo. Se podría decir que sólo volteó totalmente su cuerpo para recibir de lleno en el estómago el potente cabezazo de Matías que entró hecho una exhalación.
Estaba doblado con las dos rodillas y la frente apoyada en el suelo, cuando del baño apareció el Jano, todavía secándose las manos en su chaquetita de Bob Esponja.
—Oye, el Matías está adentro y no tiene disfraz—acusó éste.
Con los ojos nublados, la respiración pedregosa, Esteban, desde el piso, torció el cuello y vio al niño de rulos subirse a una mesa con agilidad, dar patadas perfectas a dos vasos llenos de coca-cola, canapés varios y darle vuelta en plena cabeza una fuente con jugo de guayaba a la Constanza vestida como Dora la Exploradora. La niña se largó a llorar de manera estridente.
Y, claro, esto último no lo iba a permitir él. Por cierto que no. De modo que sobreponiéndose al dolor que aún le acometía el estómago, de un salto se puso de pie y se dio a caminar con los ojos agrietados por la rabia en busca del malhechor. Esteban vio en ese instante como Matías, trepado sobre la mesa, se quedaba tieso, insinuando una mueca de terror, para después, con velocidad sorprendente, agacharse, coger una torta de frutilla con lúcuma la cual restregó a consciencia en su propio rostro.
—¡Soy El Guasón! ¡El Guasón!—exclamo el badulaque, rebozando su cara en crema chantilly y las manos alzadas, cuando ya, Esteban, lo había agarrado por el cuello de la camisa.
Y fue entonces que las risas de todos le hicieron comprender a Batman que ese astuto e histriónico agente del mal lo había derrotado por primera vez.








2 comentarios:
bien escrito compadre. fe de erratas: le quitaria "macauly caulkin" (se me fue como se escribe), "alguna vez tienes que aprender a seguir las reglas" y las dos lineas finales. ¡necesita otro punch final hombre! y hasta con ¡guasòn,guason! quedaria...
bkn sigue afinando y fortaleciendo los dedos....
ALONE
Vale, Alone, eres muy amable...
Un saludo
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