—Mi nombre es Bond, James Bond.
Esas fueron las seis palabras exactas que al oír Albumia, la perdieron. O, mejor dicho, que la ganaron para el amor, pues desde ese lejano instante en un penumbroso cine, cayó rendida ante los encantos del agente secreto, cuya apostura siempre asociaría ella con la apariencia de un juvenil Sean Connery. Luego, toda su vida fue una tenaz búsqueda de cualquier rastro de su idolatrado James, rastro que, por lo demás, la enamorada mujer veía hasta en las nubes (sí, sobre todo en las nubes)...
Una tarde, en un cine de barrio, advirtió atónita que Bond, desde la pantalla, la miró directamente y le susurró con sus níveos dientes relumbrantes:
—Hoy bellísima Albumia te daré una muestra de mi amor...
Al borde del desmayo, esperó la manifestación tan anhelada sin atender la trama (que se sabía de memoria) y, besando a cada minuto una foto de Bond que extrajo de su cartera. De pronto, la instantánea se le cayó al suelo. La buscó de rodillas y, al rato pudo encontrar un arrugado papel que se llevó a los ojos. Era la boleta de una florería en que se consignaba la compra de doce rosas rojas. Tenía borrada la fecha, de la cual apenas se podía leer parte del año, esto es, 007.
Dicen que cuando hallaron tirado el cuerpo sin vida de Albumia, ésta lucía una sonrisa tan radiante que nadie dudó que se trataba de una mujer cuya vida había sido plena y satisfactoria.
martes 5 de febrero de 2008
El admirador asintomático
Mi médico es grande entre los grandes.
Apenas me ve de inmediato diagnostica:
- Estás mal del hígado.
Y al señalarle que me siento perfectamente insiste, insiste hasta que me convence y en un tris me tiene en el pabellón quirúrgico despatarrado esperando la operación.
Lo mismo ha ocurrido con las amígdalas, el corazón, el colon, etcétera, etcétera. Y lo increíble es que lo hace así, sin exámenes ni molestas auscultaciones, con puro verme.
El otro día me desperté en mitad de una intervención a la próstata.
- ¿Y cuánto le cobramos al huevón ahora?- preguntó uno del equipo.
Y mi médico saltó primero que todos, seguro, canchero, sin titubear:
- Dos millones.
¿Cómo quieren que no lo admire?
Apenas me ve de inmediato diagnostica:
- Estás mal del hígado.
Y al señalarle que me siento perfectamente insiste, insiste hasta que me convence y en un tris me tiene en el pabellón quirúrgico despatarrado esperando la operación.
Lo mismo ha ocurrido con las amígdalas, el corazón, el colon, etcétera, etcétera. Y lo increíble es que lo hace así, sin exámenes ni molestas auscultaciones, con puro verme.
El otro día me desperté en mitad de una intervención a la próstata.
- ¿Y cuánto le cobramos al huevón ahora?- preguntó uno del equipo.
Y mi médico saltó primero que todos, seguro, canchero, sin titubear:
- Dos millones.
¿Cómo quieren que no lo admire?
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El traductor ciego
"El Libro de Elim", el texto sagrado por el cual e guiaba nuestro rey Auloxio III (Q.E.P.D.,) era claro en que éste año arribaría un forastero -ciego, retacón, con un inconfundible olor a algas remojadas y una áspid grabada en el antebrazo derecho-, el que llevaba el secreto del instante y el modo en que el reino perecería.
Al cabo de unos meses se hizo comparecer ante el trono a un hombre que cumplía con todos los rasgos.
Poseía éste un idioma inaudito que a Belicius, el traductor oficial, le fue sumamente trabajoso esclarecer.
Los que oyeron el diálogo sólo advirtieron que el profeta repetía incansable:
- ¡Kbaj!, ¡kbaj!
Belicius explicó que el término aludía a su ceguera, o sea, nos decía una y otra vez que estaba ciego.
A lo cual, el traductor, respondía:
- ¡Sabemos que eres ciego! ¡Describenos ahora el instante del ocaso del reino!
Y nada, el afuerino persistía con la palabreja.
Luego de tres horas se empezó a torturarlo: se le quemaron las muñecas con brazas ardientes; furibundos latigazos desollaron su espalda; cortes de cuchilla abrieron sus carnes...
Al amanecer, falleció.
Dos días después me encontré con Belicius quien me dijo, como al pasar, restándole toda importancia:
- He averiguado que "kbaj" quiere decir "no vidente", pero no ciego como yo interpreté, sino "no-soy-adivino" que es el único significado que tiene en su lengua...
Por cierto, erró, mas el Gran Libro no lo hizo. El extranjero traía en sí mismo la desgracia, pues portaba la peste negra que devastó al reino en pocos meses.
Al cabo de unos meses se hizo comparecer ante el trono a un hombre que cumplía con todos los rasgos.
Poseía éste un idioma inaudito que a Belicius, el traductor oficial, le fue sumamente trabajoso esclarecer.
Los que oyeron el diálogo sólo advirtieron que el profeta repetía incansable:
- ¡Kbaj!, ¡kbaj!
Belicius explicó que el término aludía a su ceguera, o sea, nos decía una y otra vez que estaba ciego.
A lo cual, el traductor, respondía:
- ¡Sabemos que eres ciego! ¡Describenos ahora el instante del ocaso del reino!
Y nada, el afuerino persistía con la palabreja.
Luego de tres horas se empezó a torturarlo: se le quemaron las muñecas con brazas ardientes; furibundos latigazos desollaron su espalda; cortes de cuchilla abrieron sus carnes...
Al amanecer, falleció.
Dos días después me encontré con Belicius quien me dijo, como al pasar, restándole toda importancia:
- He averiguado que "kbaj" quiere decir "no vidente", pero no ciego como yo interpreté, sino "no-soy-adivino" que es el único significado que tiene en su lengua...
Por cierto, erró, mas el Gran Libro no lo hizo. El extranjero traía en sí mismo la desgracia, pues portaba la peste negra que devastó al reino en pocos meses.
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Gente rara
La gente está muy rara. Miren que hacer todo ese barullo por verme comer una simple carbonada. Ni que ese plato fuese una suerte de suplicio culinario. O que yo mismo tuviera dos cabezas. Sí, porque ahora último me ha dado por estudiarme en el espejo para pesquisar alguna monstruosidad, pero no: soy de lo más común. La concentración excesiva de las miradas ha generado en mí esas y otras actitudes. De hecho, al principio creía ser una especie de guapo super-modelo. Menos mal que pronto pasó. Ja. Es que nadie puede imaginar lo que significa que ya el día viernes antes del Gran Sábado de la Carbonada (como la llama tan creativamente la gente de la prensa) saberse rodeado de gente que acampa en las proximidades de mi casa con carpas impermeables y quitasoles. Oigo sus radios a todo volumen y huelo sus asados. Ya eso basta para irme estresando. A la noche ni siquiera puedo dormir imaginando lo que ineludiblemente vendrá: la fila extensa de personas de la más variada condición pugnando por entrar a mi domicilio. Empujan, gritan y entonan cantos obscenos. No son inusuales las peleas a cuchillo. Pululan al acecho vendedores de hot-dog, cervezas y camisetas con mi rostro estampado. A la hora convenida me instalo en la sobria mesa del comedor y ante los flashes de los fotógrafos y las cegadoras luces de la televisión procedo a dar las primeras cucharadas. Todo el bullicio precedente desaparece. Yo no puedo evitar mirar a las gentes y ver sus caras de profunda expectación. Eso siempre me lleva a trapicar y a estornudar por una oreja. Pero trapicarse no es nada del otro mundo, ¿o sí?.
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Quince minutos
Mis quince minutos de fama se iniciaron cuando, Al Pacino, me abrió la puerta de una casona de Hollywood. Yo apenas pude farfullar un: “Oiga, mister…”, ya que éste me instó a entrar con la barbilla. Dentro, casi me saltan los ojos con la cantidad de estrellas que había. A dos metros hallé a la rubia Johanssen riéndose con una cara chistosísima que puso Woodie Allen. Alrededor de un piano que tocaba Dustin Hoffman, estaban cantando: la Pfeiffer, Brad Pitt y Jack Nicholson. Alguien puso copas llenas en mis manos que bebí al instante. Con la mente embotada, seguí. Sin saber cómo me hallé sobre una suerte de escenario. “Es tu oportunidad”, me dije. Canté a lo Celia Cruz y recreé la pelea entre Godzilla y King Kong. En ese momento me vi nítido firmando autógrafos con un bolígrafo de un millón de dólares. Lo juro. Luego, aún en las nubes, caminé a una habitación media oscura. Ahí, Rock Hudson, le metía mano a una pelirroja. Descendí como avión en llamas. “¿Éste huevón no estaba muerto? ¿Y no era mari…?”, me pregunté. Entonces oí a Tom Cruise diciendo que se iba, pues había arrendado el smoking por una hora y rogó nunca más lo invitaran a otra fiesta de dobles como ésta, con puros borrachos patéticos imitando. Me metí al baño. Mis quince minutos acabaron cuando entreabrí la puerta del cubículo y sorprendí a Shwarzenegger chupándosela a Cantínflas.
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Las ratas
—No, Celia, si te digo que las ratas llegaron antes…
—Soy porfiá, Rosa, no vis que fue después…
—Fue antes, tonta, cuando la señora Pilar estaba buena de la cabeza…
—No, no… Fue cuando empezó a llenar la casa de basura que aparecieron…
—A lo mejor… Sí, ahora que lo pienso, sí…
—Justo en ese momento llegaron las ratas. Venían en unos autos re’bonitos…
—Me acuerdo que la obligaron a firmar su testamento…
—Y luego la dejaron botá…
—Debe ser que huelen el olor a descomposición y corren a sacar provecho…
—Así son, Rosa. Así son…
—Soy porfiá, Rosa, no vis que fue después…
—Fue antes, tonta, cuando la señora Pilar estaba buena de la cabeza…
—No, no… Fue cuando empezó a llenar la casa de basura que aparecieron…
—A lo mejor… Sí, ahora que lo pienso, sí…
—Justo en ese momento llegaron las ratas. Venían en unos autos re’bonitos…
—Me acuerdo que la obligaron a firmar su testamento…
—Y luego la dejaron botá…
—Debe ser que huelen el olor a descomposición y corren a sacar provecho…
—Así son, Rosa. Así son…
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El viajero
Muchos se reían de Ulmo en San Damián.
La que más se reía era la pescadera Ramona, quien apenas lo veía pasar con su bolsa artesanal cruzada al pecho, su cara granujienta y sus ojos rasgados, le soltaba:
— ¿Y cómo está Marte, Ulmito?
Ulmo se detenía, miraba sus sandalias entierradas y, acercándose, oteaba lánguidamente a la gruesa mujerona de delantal púrpura.
— Anoche fui— decía, y metiendo su mano sucia a la bolsa, sacaba una pequeña piedra que ponía sobre el mostrador. Luego, se marchaba sin oír las risotadas asnales de la mujer.
Un día, Octavio Arrebol, un sargento retirado, golpeó a Ulmo sin la menor provocación.
Al día siguiente, misteriosamente, Arrebol, desapareció. Alguien dijo que había visto al “chino” merodeando la casa.
De inmediato fue interrogado.
— ¿Ustedes habrán oído de los agujeros negros de los que habla Stephen Hawkins? Pues de regalo le dejé uno— señaló, aludiendo a una esterilla sacude-pies a las puertas del domicilio del ex uniformado.
Esto provocó las risas de los policías quienes, al instante, lo dejaron libre al considerarlo un “orate inofensivo”.
Empero, dos días después, a medianoche, desde dentro del televisor apagado de doña Ramona se oyeron los gritos desgarradores y los golpes desesperados de un sujeto que rogaba por Dios lo sacaran de ahí.
Mas, claro, ella jamás le contaría a nadie de aquello.
Ni por nada hubiese querido que la tacharan de loca.
La que más se reía era la pescadera Ramona, quien apenas lo veía pasar con su bolsa artesanal cruzada al pecho, su cara granujienta y sus ojos rasgados, le soltaba:
— ¿Y cómo está Marte, Ulmito?
Ulmo se detenía, miraba sus sandalias entierradas y, acercándose, oteaba lánguidamente a la gruesa mujerona de delantal púrpura.
— Anoche fui— decía, y metiendo su mano sucia a la bolsa, sacaba una pequeña piedra que ponía sobre el mostrador. Luego, se marchaba sin oír las risotadas asnales de la mujer.
Un día, Octavio Arrebol, un sargento retirado, golpeó a Ulmo sin la menor provocación.
Al día siguiente, misteriosamente, Arrebol, desapareció. Alguien dijo que había visto al “chino” merodeando la casa.
De inmediato fue interrogado.
— ¿Ustedes habrán oído de los agujeros negros de los que habla Stephen Hawkins? Pues de regalo le dejé uno— señaló, aludiendo a una esterilla sacude-pies a las puertas del domicilio del ex uniformado.
Esto provocó las risas de los policías quienes, al instante, lo dejaron libre al considerarlo un “orate inofensivo”.
Empero, dos días después, a medianoche, desde dentro del televisor apagado de doña Ramona se oyeron los gritos desgarradores y los golpes desesperados de un sujeto que rogaba por Dios lo sacaran de ahí.
Mas, claro, ella jamás le contaría a nadie de aquello.
Ni por nada hubiese querido que la tacharan de loca.
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Trescientos sesenta grados
P'tas que nos ha cambiao la vida, Gunercindo, oh... ¿Te acordai que cuando cabros íbamos al almacén de don Pipo y nos parábamos tardes enteras a mirar las custiones que había en la vitrina?...Ahora no, porque vamos al mol y ahí... ¡hay tremendas bancas!
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Polvo eres
Ese lunes, Escobedo, barbón y desaseado, iba cansinamente a la casa de los Wells donde trabajaba como mayordomo. Iba muy tarde, pues desde que los dueños se tomaron unas cortas vacaciones en Suiza, la propiedad estaba a su total disposición.
Además del horario flexible se había permitido ciertas licencias. Entre ellas: darse libre los fines de semana y no hacer aseo hasta último momento. De ahí que se vieran por doquier platos y vasos sucios, restos de comida esparcidos por mesas y pisos y, cómo no: varias prendas íntimas tiradas de alguna de sus tantas flamígeras amigas…
Lo que Escobedo jamás esperó fue que el matrimonio lo estuviese aguardando. Estaban sentados en el mullido sillón del living.
Para su completa estupefacción ambos se levantaron prestos y mientras ella le estampaba un sonoro beso en la mejilla, él le preguntaba solícito: “¿Cómo está?, ¿lo pasó bien?”. El criado no atinó a hacer nada, atosigado por los gestos deferentes de sus patrones. “Sírvase una copita”, “cómase estos camaroncitos”, “¿quiere llevarse unos smokings que traje?”…
Luego le explicaron que el sábado unos ladrones se habían metido a la casa. Robaron todas las carísimas joyas de la señora. Empero, gracias al polvo existente, dejaron numerosas huellas digitales por todos lados. Fue cosa de horas para que la policía los detuviera. Pronto llegaron ellos…
Curiosamente, después, Escobedo, fue despedido
Además del horario flexible se había permitido ciertas licencias. Entre ellas: darse libre los fines de semana y no hacer aseo hasta último momento. De ahí que se vieran por doquier platos y vasos sucios, restos de comida esparcidos por mesas y pisos y, cómo no: varias prendas íntimas tiradas de alguna de sus tantas flamígeras amigas…
Lo que Escobedo jamás esperó fue que el matrimonio lo estuviese aguardando. Estaban sentados en el mullido sillón del living.
Para su completa estupefacción ambos se levantaron prestos y mientras ella le estampaba un sonoro beso en la mejilla, él le preguntaba solícito: “¿Cómo está?, ¿lo pasó bien?”. El criado no atinó a hacer nada, atosigado por los gestos deferentes de sus patrones. “Sírvase una copita”, “cómase estos camaroncitos”, “¿quiere llevarse unos smokings que traje?”…
Luego le explicaron que el sábado unos ladrones se habían metido a la casa. Robaron todas las carísimas joyas de la señora. Empero, gracias al polvo existente, dejaron numerosas huellas digitales por todos lados. Fue cosa de horas para que la policía los detuviera. Pronto llegaron ellos…
Curiosamente, después, Escobedo, fue despedido
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Joe Brandon cambia de color
Haciendo hora para el dentista, me metí a un cine cualquiera. Me repantigué en una de las butacas del medio y, sin prestar atención al film, cerré los ojos para echarme una siestecita. De pronto, me despertó la caída de un pesado bulto en el asiento de mi costado derecho. A pesar de la escasa luz, lo reconocí: era Joe Brandon, a quien la prensa bautizó ridícula y certeramente como El Asesino del Semáforo, ya que éste, luego de estrangular a la prostituta de turno, solía colgarla del aparato de tránsito más próximo.
En la penumbra pude apreciar sus rasgos patibularios: La mandíbula partida en dos por un navajazo, el porte siniestro de árbol de cementerio, y la nariz sin una de sus aletas.
Petrificado no le perdí movimiento. Advertí como hacía crujir con ruido los dedos de las manos y la brutalidad con que se golpeaba los muslos.
Di vuelta la cabeza y percibí que tenía al otro lado una pared, de modo que si quería huir, debía hacerlo por delante del criminal. Cerré los ojos. Al abrirlos vi algo que me dejó estupefacto: Brandon lloraba. Y lo hacía con sentimiento, estremeciéndose entero y con un caudal copioso de mocos y lágrimas.
— Esa perra…— gruñó.
Pensé que ese era su modo enfermo de expresar culpa por alguna de sus víctimas.
Aún lloraba cuando un policía le puso una pistola en la sien y lo sacó, sin resistencia, de la sala.
Yo, aliviado, me puse en pie. Al salir, miré la película. En ella, la perra Lazie salvaba a un parapléjico de un caudaloso río.
En la penumbra pude apreciar sus rasgos patibularios: La mandíbula partida en dos por un navajazo, el porte siniestro de árbol de cementerio, y la nariz sin una de sus aletas.
Petrificado no le perdí movimiento. Advertí como hacía crujir con ruido los dedos de las manos y la brutalidad con que se golpeaba los muslos.
Di vuelta la cabeza y percibí que tenía al otro lado una pared, de modo que si quería huir, debía hacerlo por delante del criminal. Cerré los ojos. Al abrirlos vi algo que me dejó estupefacto: Brandon lloraba. Y lo hacía con sentimiento, estremeciéndose entero y con un caudal copioso de mocos y lágrimas.
— Esa perra…— gruñó.
Pensé que ese era su modo enfermo de expresar culpa por alguna de sus víctimas.
Aún lloraba cuando un policía le puso una pistola en la sien y lo sacó, sin resistencia, de la sala.
Yo, aliviado, me puse en pie. Al salir, miré la película. En ella, la perra Lazie salvaba a un parapléjico de un caudaloso río.
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